COLOQUIO CON JUAN MIGUEL VEGA

Talento, amenidad e ingeniosidad, esas son las tres cualidades que resalta de nuestro invitado alguien que le conoce bien, Francisco Rosell, que fue su director en la edición de Andalucía del periódico El Mundo. Es una apreciación que, modestamente, y con muchísimos menos elementos de juicio que Rosell, también comparto.

En principio invité a Juan Miguel a protagonizar una comida coloquio de víspera del Domingo de Pasión por ser una persona con una perspectiva múltiple de las vísperas y de la que está considerada por muchos como la gran semana de la ciudad. Juan Miguel la conoce y la vive como espectador y como actor, como cofrade, hermano de San Bernardo, como profesional acreditado después de dirigir durante doce años, con un éxito reconocido por el complejo mundo cofrade, el programa El Llamador. También conoce y vive las vísperas como pregonero, porque lo ha sido del de la Esperanza de la Hermandad de La Trinidad, del Costalero de San Esteban y de los Armaos de la Macarena.

También me animó a contar con Juan Miguel, el hecho de conocer su compromiso con la defensa del patrimonio histórico-artístico, como así lo acreditan sus crónicas ciudadanas en la prensa, su condición de miembro del Consejo Asesor de Adepa, su actividad docente en el programa Universitas Senioribus de la Universidad CEU San Pablo y ser promotor del foro Al-Andalus, un foro regeneracionista, hoy durmiente, al que pertenecen personas de perfiles tan dispares como Enrique Osborne o Isidoro Moreno y que adoptó su denominación no por nostalgia de la Sevilla islámica sino por el nombre del hotel donde celebran las interesantes reuniones a las que en una ocasión, por invitación suya, tuve la oportunidad de asistir.

Pues bien, como preparación de este encuentro me compré sus libros, los leí y descubrí su faceta de escritor y cronista de la ciudad. Después de terminar de leer “20 maneras de entrar en Sevilla” me dije que este almuerzo se nos iba a quedar muy corto para poder hablar con nuestro invitado de la Semana Santa que tenemos en puerta y de todos los interesantísimos temas que se suscitan en sus obras.

Recuerdo que me ocurrió algo parecido con Lutgardo García, lo invité a una de las comidas coloquio de nuestra asociación tras su brillante pregón de Semana Santa y su participación en el proyecto Lugares de Paz y Oración de la Orden de San Clemente y en los preparativos del coloquio, leyendo algún poemario que aún no había tenido la oportunidad de leer, se acrecentó mi percepción de la excelencia del poeta. Terminamos dedicando más tiempo en el coloquio a hablar de poesía, quien nos lo iba a decir que íbamos a dedicar más tiempo a hablar de la pariente olvidada de la cada vez más olvidada literatura que a hablar de su experiencia como pregonero o de sus vivencias cofrades.

“20 Maneras de entrar en Sevilla” me ha gustado muchísimo, es un texto escrito con gran brillantez y amenidad, como dice Enriqueta Vila en su prólogo. Además, este libro me ha permitido, no solo imaginarme, sino también ver con mis propios ojos, a través de una interesante recopilación de fotos y grabados de la época, las antiguas puertas y postigos que lamentablemente destruyeron la piqueta siguiendo instrucciones de la corrupción o la incultura o de ambas a la vez. Es una pena que el libro esté agotado y parece que sin posibilidad de reedición a corto plazo, porque es un libro para tenerlo en casa, leerlo y releerlo, para mantener siempre vivo el recuerdo de lo que ocurrió para así no permitir que en el futuro se pudieran dar situaciones parecidas con otros bienes del patrimonio histórico-artístico, que alguien se pudiera plantear sacrificar o mutilar en aras de un supuesto progreso. Al terminar de leerlo, compartí el deseo de la prologuista de recorrer, libro en mano, el trazado de la antigua muralla y descubrir los vestigios que Juan Miguel, nos descubre en el mismo. Lo haré.

Concluida la lectura del libro de las “puertas” me puse sin interrupción con “Sevillanos”, que es una selección de 50 de los 200 retratos que Juan Miguel Vega esbozó en el diario El Mundo, en la que él dice que ha sido la tarea más gratificante de su vida. Son unos retratos de personajes muy diversos que quizás lo único que tienen en común es la de ser sevillanos o vivir en Sevilla. Son personas poco conocidas pero, como dice el autor en el prólogo, merece la pena conocerse. Los perfiles están agrupados en tres partes, el mundo, el demonio y la carne (y el pescado), los tres enemigos de la virtud.

En esta variopinta colección de personajes nos encontramos con vendedores de arvejones, bolsos, calentitos o pescao frito, con artesanos de la guitarra y de la relojería, nos encontramos con taberneros, monjas de clausura y curas diocesanos, maestras, médicos, sableadores profesionales, videntes y enterradores, matemáticos poetas, armaos, artistas que se han ganado la vida tocando los palillos o el sitar, proxenetas y prostitutas, propietarios de locales que están en la memoria de todos o casi todos, como La Carbonería, El Postura , el kiosko de calentitos de enfrente del Plata o Higiene Rivero. También nos encontramos con singularidades como la de un comunista de la vieja estirpe que agradece a Franco que creara la Seguridad Social y las Casas Baratas y que dice que aunque viniera Lenin y dijera lo contrario, seguiría manteniendo que el aborto es un crimen, hay carlistas, punkis y rockeros, judíos, masones y protestantes, presidiarios y varios expresidiarios. También podemos descubrir a la mujer que fue el amor y la inspiración del pariente de nuestro amigo y socio Juan, descubrimos la musa del escultor Illanes para su Virgen de la Paz o a la inspiración de Jaime de Armiñán para su personaje Juncal que magistralmente interpretara Paco Rabal. Todos ellos componen un collage un tanto nostálgico, cuyo resultado no podemos decir que sea Sevilla pero, desde luego sin ellos Sevilla no sería la misma, probablemente sería una ciudad más previsible, aunque también habrá quien opine y hay razones para compartirlo, que sin algunos de estos personajes Sevilla sería un sitio mejor. Muchos de ellos viven en la cara oculta de la ciudad, casi todos, forman parte de la Sevilla menos brillante, son personas de las que no suelen ocuparse los medios de comunicación, hay muchos personajes en el ocaso de sus vidas o incluso que fallecieron antes de publicarse el libro. Muchos iniciaron o recorrieron caminos que morirán con ellos mismos, algunos alcanzaron su momento de gloria hace treinta o cuarenta años y ahora recuerdan dichos momentos con nostalgia.  

Quiero finalizar con un aviso para todos. Después de leer “Sevillanos”, “La Madrugá” y “20 maneras de entrar en Sevilla”, así como alguna entrevista en prensa que he encontrado a través de internet, puedo deciros que nuestro invitado se sentirá incómodo si llamamos churros a los calentitos, pescaíto al pescao frito y seguro que haría un esfuerzo por no salir corriendo, algo que su buena educación se lo impediría, si alguien llamara al puente de San Bernardo, puente de los bomberos.
Juan Miguel, nuestro agradecimiento y bienvenida a ti y a Isabel, tu mujer. Gracias por acompañarnos en esta actividad que nuestra modesta asociación cultural celebra este año en la víspera del domingo del pregón, una actividad que, como no es una tertulia cofrade al uso, no va a estar acompañada, pero habrá que tenerlo en cuenta para el futuro, con el pescao frito, los rábanos, las aceitunas gordales y el tinto de Morales, con los que se acompaña cualquier tertulia cofrade que se precie tal como dices en la reseña de Manolita, la de la freiduría del Cerro del Águila, a quien todavía no conozco, pero que cualquier día me paso por allí para, siguiendo tus consejos, comprarle unas croquetas.

Muchas gracias a los dos por acompañarnos.

…Y, efectivamente se nos quedó corto el aperitivo, almuerzo y sobremesa para conversar sobre el paisaje y el paisanaje sevillano, sobre el pudor de algunos para defender unas tradiciones que desde fuera se admiran por el temor a ser llamado facha, para hablar sobre muralla, puertas y otras actuaciones urbanísticas más recientes que se llevaron a cabo en busca de una pretendida modernidad y, fundamentalmente, para conversar sobre el tema de la novela de Juan Miguel, la desgraciada Madrugá del año 2000, las posibles causas que la provocaron y su relación con madrugadas más recientes y finalizamos superando miedos y recatos a poner de manifiesto los sentimientos, recuerdos y vivencias que son los que mantienen viva la Semana Santa. Reforzando esta idea, casi al final del coloquio, citaba Juan Miguel el pregón de Carlos Colón de 1996, una cita que transcribo como final de la reseña de un gratificante encuentro que todos los presentes esperamos que se repita.

“Cuando se consuma el Domingo de Ramos en el Salvador, en torno al paso del Cristo que representa tan absolutamente su nombre que parece querer salirse de la Cruz para seguir entregándose, aun después de muerto, por Amor, se anuda el recuerdo de una primera Semana Santa de noche, solos padre e hijo, retirados la madre y el hermano más pequeño. Y se tiende un cabo azul y blanco desde el paso de la Estrella que se une al del Amor; para que cuando en la medianoche este se pierda entre los naranjos, a la luz de sus seis candelabros, oyéndose solo ese último latido del Domingo de Ramos, que son los pasos de sus costaleros sobre la rampa, estén unidos los tres, padre, hijo y nieto, en el nombre de Sevilla y de su Dios. En ese momento, al hijo le parecerá sentir sobre su hombro el peso de la mano de su padre, mientras apoya la suya sobre la de su hijo. Y de uno a otro circula en silencio la mayor y más pura tradición sevillana”.      

Marzo 2018.

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