JUSTINO DE NEVE. GENEROSIDAD EN TIEMPOS DE CRISIS

Cuando iniciamos hace ya más de tres años la serie “La ciudad a través de sus personajes” nos planteamos, entre otros objetivos, recuperar la memoria de personajes olvidados o sencillamente desconocidos a pesar de que sus obras aún pudieran continuar teniendo un papel relevante en la ciudad, siendo ellas, por el contrario, mayoritariamente reconocidas por los sevillanos. Una exposición promovida, nada menos, que por el Museo del Prado, la Fundación Focus Abengoa y la Dulwich Picture Gallery, se ha encargado de sacar del olvido de una manera brillante a la persona a quien dedicamos este capítulo, haciendo innecesario nuestro modesto intento, pero, a pesar de ello, queremos dejar patente nuestro humilde homenaje a Justino de Neve, canónigo de la catedral de Sevilla, un hombre que en una época negra de su ciudad llevó a cabo proyectos como el Hospital de los Venerables Sacerdotes, la reconstrucción de la iglesia de Santa María la Blanca y el mecenazgo de pintores como Bartolomé Esteban Murillo.


Precisamente la amistad que surgió entre el mecenas y el pintor y los frutos artísticos de dicha relación, son el hilo conductor de la exposición que lleva por título “Murillo y Justino de Neve. El arte de la amistad”. El Museo del Prado dice que “Entre ambos se estableció una relación profesional que pronto se transformó en auténtica amistad. Y de esa amistad nacieron algunas de las obras mas bellas y ambiciosas pintadas por Murillo en las décadas de 1660 y 1670, cuando había alcanzado su plenitud como artista”.


Morales Padrón también hace referencia a la amistad en su trabajo sobre Los Venerables. No solo a la que mantuvieron Justino de Neve y Murillo, sino también a la de ambos con otras personas como Miguel de Mañara, Valdés Leal y su hijo Lucas Valdés, hombres brillantes y generosos en una ciudad deprimida: “Después de la tremenda peste de 1649 la decadencia sevillana acentuó la negrura de sus sombras y el discurso sobre la muerte se convirtió en algo habitual. Fueron los años de Miguel de Mañara y su Hospital de la Caridad y también los años de Justino de Neve y su Casa Hospicio de los Venerables Sacerdotes. Años de Bartolomé Esteban Murillo, de Juan Valdés Leal y Lucas Valdés, todos vinculados por amistad y empeños socio-religiosos y artísticos”. Estas personas que cita Morales Padrón fueron una luz en una ciudad oscura. Neve y Mañara no solo fueron protectores de grandes pintores como los citados, fueron, sobre todo, una tabla de salvación para muchos sacerdotes y seglares que llegaban a los últimos años de sus vidas en una situación de soledad miserable. Las hermandades que fundaron Neve y Mañara rescataron a muchos de ellos de su deambular por la ciudad en busca de una ayuda que les permitiera comer, dormir o, al menos, morir dignamente y no en cualquier callejón como, desgraciadamente, les llegaba a ocurrir a muchos cuyos cadáveres eran recogidos y enterrados por la Hermandad de la Santa Caridad.

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