COLOQUIO CON AQUILINO DUQUE

Es frecuente en España, desgraciadamente, emitir opiniones sobre la obra de un escritor en función de las ideas políticas del mismo. No me gusta este escritor porque es un facha, o no me gusta porque es un rojo, según la inclinación de cada cual. A veces se emiten opiniones, a favor o en contra, sin haber leído un solo libro del autor en cuestión.

Invitamos a Aquilino Duque a una comida coloquio por su excelente obra lírica y su interesante narrativa. Aquilino dice que en el único caso que un divorcio no tiene consecuencias negativas para nadie, es cuando se produce entre la cultura y la política. Así lo creemos también. Son conocidas sus ideas políticas, pero lo que no dicen, porque quizás no lo sepan, ni sus fans ni sus detractores ideológicos que han leído poco o nada su obra, es que Aquilino, humildemente, dice que “Se imita lo que se admira” y el reconoce admirar, sobre todo, a Juan Ramón Jiménez y a Antonio Machado, de quienes confiesa recitar constantemente poemas como si fueran oraciones. Ambos han sido un faro en su poesía.

Nos sentimos muy honrados por la participación de Aquilino Duque y de su mujer, Sarah Crane, en un desigual coloquio en el que, como era previsible, recibimos mucho más de lo que podíamos ofrecerles.

Decía el escritor y periodista Pérez Guerra, en una entrevista a Aquilino Duque, que nuestro invitado, en su casa, lee sobre el mundo y la vida en italiano, francés, inglés, portugués, catalán, ruso y alemán, además de en español. Un dominio de los principales idiomas del mundo que le ha valido para ganarse la vida en lo que él llama su “exilio económico”

Nació en la festividad de los Reyes Magos del año que se proclamó la república, por segunda vez, en España. Tiene pues 88 envidiables años. Vino al mundo en una casa de la calle Betis, una casa con un balcón corrido con vistas al río del que luego hablaré con palabras del propio escritor.

Los recuerdos de sus diez primeros años de vida están recogidos en el libro “El rey mago y su elefante”, diez años que “dan mucho de sí, sobre todo cuando son los primeros de una vida que empieza y que por muchos vuelcos que dé nunca se va a salir del cauce que esos años le marcaron”

Y ese lecho, ese cauce vital de Aquilino lo conformó su infancia en el campo, en Zufre, la adolescencia en Higuera de la Sierra, las vistas de ese balcón de Triana sobre el río en el que de niño veía zarpar los cruceros que emprendían largos viajes por el mundo y por supuesto la magia que envuelve a la festividad de Reyes, de la que Aquilino dice que es más suya que de los demás por coincidir con su cumpleaños, una magia que le acompañó durante la infancia a pesar de los momentos trágicos que se vivían en España y que le sirvió, según sus palabras, para, ya de hombre, entender y sentir el lado mágico de la vida

Y de esos años, los más tempranos fueron en Sevilla, en la ciudad en la que nació, en una casa de Triana, en la calle Betis con un amplio balcón con vistas a la Torre del Oro, un balcón al que, en mi opinión dedica algunos de los pasajes más bonitos del Rey Mago y su elefante.

...El balcón era la casa y la casa era la ciudad. Ir a Sevilla era para mí ir al balcón, porque del mismo modo que no había distancia entre el Cielo y la Tierra, tampoco la había entre el pueblo y la ciudad, que no era otra cosa que una casa, como la casa no era otra cosa que el balcón, y aún hoy día es el balcón lo único que prácticamente recuerdo de aquella casa...

...Ir a Sevilla era para mí ir al balcón desde el que se veía atracar frente a la Torre del Oro los blancos barcos de la compañía Ybarra, los cargueros con grandes brochazos de minio en el casco oxidado y una especie de ideograma en la línea de flotación , vapores fluviales, remolcadores, gabarras, veleros, barcas camaroneras con los dos palos de la cuchara en las amuras, boyas, botes de remo, y los buques cañoneros que venían en Semana Santa para iluminar con sus reflectores el paso del Cachorro por el puente y mandarle una escolta de marinería a la Esperanza de Triana. De todo ese tráfago solo me llegan a través del tiempo el silbido de un tren en la otra orilla, chillidos de gaviotas o de vencejos, y, sobre todo, con ululante nitidez, las sirenas de los barcos que pedían paso y la campanilla con que les respondía, o avisaba a los transeúntes, abriéndose en dos el puente de San Telmo.

Y durante la infancia vivió la guerra y la postguerra, los odios, las envidias, las represalias entre vecinos con diferentes ideas, todo ello vivido en un ambiente rural, en un pueblo pequeño, Zufre, del que su padre fue alcalde y del que tuvo que salir temporalmente la familia al sentir o sufrir amenazas. Aquilino es hijo de unos padres con orígenes culturales y sociales muy distintos. De su familia paterna, propietaria de fincas rústicas, pegada a la tierra, Aquilino nos dice que formaban parte del paisaje serrano. Su padre, Carpóforo, sonoro nombre que también dio a uno de sus hijos, no tenía ningún interés por la cultura, incluso manifestaba animadversión hacia ella, “Voy a quemar esos libracos…” le dijo en una ocasión a Aquilino cuando le vio leyendo. Dos libros componían la biblioteca de su casa. En esa familia la formación y los valores se trasladaban a las mujeres, dejando que los hombres camparan a sus anchas…las consecuencias fueron que las mujeres terminaron custodiando y administrando prudentemente el patrimonio recibido y muchos de los hombres dilapidaron el suyo.

A la familia de su madre, de origen valenciano y de perfil económico más modesto, nuestro invitado la califica cariñosamente de bohemia, de personas que perdían con facilidad el contacto con la realidad. Quizás de la familia de su padre Aquilino recibió el amor por la naturaleza y de su familia materna la vocación poética.

Esta es una brevísima síntesis de sus orígenes, los que, de acuerdo con sus palabras, han marcado su vida. Unos primeros años de vida que fueron tremendamente duros para España, para su familia, para su entorno, pero que Aquilino, maravillosamente, en uno de los últimos capítulos del “Rey Mago y su elefante”, nos dice que “Por trágicos y míseros que hayan sido los tiempos, la niñez es siempre una edad de oro” y hace suyas las palabras de Ortega y Gasset cuando refiriéndose a su infancia en un internado decía que “yo fui emperador en una gota de luz”. Más adelante reprocha, sin nombrarlo, a su amigo Rafael Alberti, por lamentarse de haber sido alumno (externo) de los jesuitas del Puerto de Santa María. Sobre el particular Aquilino nos dice que “Si tengo algún resentimiento o alguna frustración son las de no haber pasado por aquellos internados en los que los niños bien lo pasaban tan mal”

Pues, como decía, sus primeros años de vida, su familia, el balcón de Triana, Zufre, Higuera, la sierra de Aracena, su imperio en sus muchas gotas de luz, marcaron un cauce que le ha llevado a obtener prestigiosos premios en distintos géneros literarios como la narrativa, y la poesía. Ha sido Premio Nacional de Literatura, por su novela El mono azul, ha recibido el premio Washington Irving de cuentos y los premios Leopoldo Panero y Fastenrath de poesía.

Pero a pesar de todos estos galardones considera con cierta amargura, y pienso que, probablemente, tenga razón, que sus opiniones políticas, manifestadas sin tapujos, hayan podido limitar el reconocimiento a su carrera como escritor. Además, como decía el mismo Aquilino refiriéndose a Diez Crespo, “Dos cosas no se perdonan en el mundo de hoy: tener memoria y escribir bien” es conocida la memoria prodigiosa que tiene, y muchos hemos podido disfrutar con la calidad de su literatura. Si a eso unimos lo claro que dice las cosas, lo incorrectamente político que resulta aplicando los parámetros vigentes, pues me temo que lo de Aquilino Duque a estas alturas tiene poco remedio.

A lo largo del coloquio nos contó su vida en Inglaterra, en Cambridge y en la ciudad de Dallas en Estados Unidos, de la que no guarda buen recuerdo “Si alguna vez me pierdo no me busquéis en Dallas” y nos habló de su “exilio económico” en Italia y Suiza, donde trabajó como traductor para organismos internacionales y donde nacieron cuatro de sus cinco hijos (dos de ellas monjas). En Roma vivieron hasta que Sally insistió en volver a España por considerar “malsano” para los niños vivir en el ambiente urbanita romano y se instalaron en una casa en Bormujos de nombre Viñamarina y allí continúan viviendo desde hace más de cuarenta años y allí fue donde nació el menor de sus hijos.

Nos habló de su relación con poetas contemporáneos, de su amistad con Alberti en Roma, de que no llegó a conocer, aunque lo intentó, a Cernuda, persona poco simpática, nos decía, pero con una calidad literaria portentosa, de la que alabó especialmente su obra Ocnos. Nos comentó con acento argentino su charla con Borges y refirió su admiración por la poesía de Joaquín Romero Murube y se congratuló del buen presente de la poesía sevillana, con figuras como Lutgardo García, Juan Lamillar o Víctor Jiménez. Y como no, estuvo presente su devoción por Antonio Machado y por Juan Ramón Jiménez. Nos contó como recita frecuentemente poemas de ambos como si fueran oraciones.

Y en consideración a las vísperas de la Semana Santa en las que nos encontramos nos leyó el que está considerado por muchos el mejor poema sobre la Semana Santa de Sevilla: “El Cachorro en el puente”. También “Amargura”, cuya marcha cumple su centenario. Y disfrutamos con sus poemas de amor, como “Abrazo” o “Punta Umbría”, todos ellos de su primera época y con otros más recientes como “Plenitud” o “Un Duque en Buenos Aires”.

Tarde de poesía y de recuerdos, recuerdos de una persona con la memoria del elefante que su Rey Mago le regaló cuando nació. Recuerdos de escritores a los que Aquilino Duque apreció o admiró, recuerdos de una época amarga de la historia de España, sus recuerdos, la historia que vivió junto a su familia y de la que dejó constancia en sus libros. Una visión tan respetable y cierta como la que vivieron otros niños en el otro bando en el que España quedó dividida.
Me hubiera encantado que la iniciativa de Fernando Iwasaki hubiera tenido éxito y hubiera recibido su obra el merecido reconocimiento de la Junta de Andalucía otorgándole el pasado 28 de febrero una de las medallas que concede en esa fecha, confío en que llegará próximamente. La tiene más que merecida. Le damos las gracias por su presencia y la enhorabuena por su obra cuya lectura tanto nos ha hecho disfrutar.

Sevilla. Marzo de 2019.

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