LA BUHAIRA: DE INMENSO JARDÍN BOTÁNICO A UN BOSQUE DE PINTADAS

Cuando el académico de la Historia, Emilio García Gómez, ingresó también en la Real Academia Española de la Lengua, comenzó su discurso de ingreso diciendo: “Si alguna vez la poesía se ha sentado en un trono de España, fue con Mutamid de Sevilla; y si alguna ciudad ha sido en un momento el paraíso de los poetas, lo fue la metrópoli del Betis en los tiempos del monarca abbadi”.

Pero Al Mutamid no solo se rodeó de poetas, también lo hizo de científicos, geógrafos, astrónomos, médicos y botánicos. Entre estos últimos el gran Ibn Bassal, autor de “Libro de agricultura”. Bassal fue acogido por el rey poeta cuando tuvo que abandonar Toledo al ser conquistada por las tropas de Alfonso VI.

Se dice que fue este botánico quien introdujo el naranjo en la península, trayendo semillas desde oriente. Al Mutamid lo nombró a finales del siglo XI, responsable del “Jardín del Sultán”, un jardín situado en la Buhaira, un lugar de recreo con una gran alberca, situado fuera de las murallas de la ciudad y cuyas tierras se regaban aprovechando el acueducto romano llamado “Caños de Carmona”. Aquí Bassal plantó y experimentó con cientos de especies, frutales, ornamentales y medicinales.
También contribuyó con sus investigaciones en el esplendor de este jardín el sevillano Abul Jayr, botánico-farmacólogo, a quien se le atribuye en los tratados médicos el mérito de haber sido, con su obra “Umda”, la primera persona en hacer una clasificación taxonómica de los vegetales.

Derrotado y desterrado el monarca abbadi y ocupado el trono por los almohades, ya en el siglo XII y bajo el mandato de Abu Yacub Yusuf, estos jardínes de la Buhaira alcanzaron aún más dimensión. Llegaron a contar hasta con 10.000 especies, algunas de ellas muy exóticas, con las que experimentaban su aclimatación al sur de la península y la forma de mejorar sus técnicas de cultivo.

Tras la conquista de Sevilla a mediados del siglo XIII, la Buhaira, que cambió su nombre por la Huerta del Rey, sufrió una época de abandono, hasta que volvió a brillar cuando pasó a ser propiedad, a principios del siglo XVI, de la familia Enríquez de Ribera. Además de su explotación agrícola utilizaban estas tierras como un lugar de esparcimiento extramuros donde organizaban tertulias literarias e incluso juegos navales en su gran alberca.

Miguel de Cervantes la cita como el lugar donde se desarrollaban algunos de los momentos de Rinconete y Cortadillo. Aníbal González, además de construir el edificio neonazarí, que aún se conserva, inició el proyecto de la gran basílica de Nuestra Señora de los Milagros, que quedó sin finalizar tras la muerte del arquitecto y la falta de recursos para concluirla.

En el siglo pasado fue declarado bien de interés cultural, en la categoría de monumento.

Pues la declaración como Bien de Interés Cultural y toda la historia sintetizada en los párrafos anteriores, resulta insuficiente para que las administraciones públicas le dedique el interés necesario para tener la suficiente dotación presupuestaria para evitar el bochornoso espectáculo de ver las paredes de algunas de sus zonas llenas de pintadas, encontrar restos de cristales procedentes de botellonas y bolsas de plásticos tiradas en cualquier sitio.

¿Cómo es posible esto? Pues por la indiferencia ciudadana. Si los políticos percibieran interés, si aumentaran las denuncias por parte de medios de comunicación y entidades ciudadanas seguro que se ponen los medios para evitar el vandalismo.

Nuestra modesta denuncia aquí queda y nuestro homenaje lo hicimos el pasado sábado 12 de marzo, en visita espléndidamente guiada por Emilio Rubio de Atrium Cultura.

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